Cáritas, Año I

Parece que fue ayer, pero resulta que ya llevo más de un año con esto de Cáritas. Adjunto algunas notas (largas, me temo) por si son de interés. Un resumen al final incluye los puntos más importantes.

¿Solidaridad?

Decía hace un año que me había decidido a echar una mano y hacerme voluntario de Cáritas unas cuantas horas a la semana. Un año después puedo confirmar que sí, que efectivamente hacerse voluntario de Cáritas (aunque se le dedique poco tiempo) es un buen mecanismo para echar una mano.

Un año después, sin embargo, me asalta la duda de si lo hago por solidaridad o como un mecanismo de salvación propia, y por tanto egoísta, que dé algo de sentido a la vorágine ésta en la que estamos metidos.

Una pareja de Mr. Potato's vigilan desde la altura a un ruidoso Wall-E.

En este último año se demuestra que los bancos robaron a sus clientes, que hay que pagar peajes de autopistas aunque no se viaje por ellas, que tenemos aeropuertos sin aviones y trenes inseguros con pocos viajeros. Que hay EREs para empleados inventados. Que se dan cursos de formación para parados imaginarios. Que suben las cuotas de autónomos a la Seguridad Social, cuyos fondos se usan para pagar unas mariscadas y coches de lujo a alguien que no conozco, mientras a un familiar mío le citan a ocho meses vista en el especialista de digestivo y tiene que pagarse un médico privado. Que hay gente que tiene que vivir en la calle pero tiene que seguir pagando su piso. Que las líneas rojas están para saltárselas. Que la ayuda al tercer mundo era para que una panda de sinvergüenzas, aforados, se compren unos pisos en Valencia. Que los menús de los comedores infantiles son más caros que los gin-tonic de los aforados anteriores. Que el plan para mejorar la economía es, precisamente, que los clientes tengan menos dinero. "Que no se puede gastar más de lo que se tiene", nos dicen, mientras la deuda pública cabalga desbocada, como jinete del Apocalipsis, sobre el futuro de hijos, nietos y biznietos. Que lo público, en resumen, arrasa con la propiedad privada de los unos para beneficio de la propiedad privada de algunos pocos.

Una gran tela de araña de incongruencias lógicas que nos rodea. Caos.

Los dictados de los martes, y la clase de informática posterior, son una especie de oasis de orden ante todo este caos. Uno va enseñando que hay que esforzarse con la ortografía para poder echarse una partida después en el ordenador. Causa y efecto. Acción y reacción. Que el esfuerzo tiene recompensa. Que estudiar es la única defensa ante el caos reinante. Que hay que leer mucho para aprender.

Las clases de los martes son, en resumen, una colección de causas y efectos, de acciones y reacciones, con un orden sencillo y perfectamente lógico que funcionan como mi tabla de salvación personal ante el caos. Un oasis semanal de lógica, orden y racionalidad ante la tela de araña de incongruencias lógicas y caóticas que nos rodean.

La duda que me asalta es, entonces, si dedico las tardes de los martes a ayudar a los demás o a salvarme a mí mismo. Lo cierto es que son las dos al mismo tiempo. Y quizá sea éste el mejor resumen del primer año de voluntariado en Cáritas: un oasis de lógica y orden ante el caos ilógico externo. Salvar la cordura propia ayudando al prójimo.

La problemática ajena, y la propia

La cosa no es fácil. Por carambolas varias, que ignoro, me asignaron a un Centro de Educación a Menores, donde hay niños desde unos siete a unos doce años.

Mi experiencia docente anterior, en pequeñas academias y como profesor tutor en la UNED, eran totalmente diferentes: allí los alumnos querían aprender. Recuerdo que en la UNED los jubilados recorrían enormes distancias en coche para venir, las tardes de los martes también, a aprender "Estructuras de Datos y Algoritmos", o matemáticas, o inglés, o economía. Eso eran ganas.

La cosa aquí es totalmente diferente. Aquí los chavales no siempre tienen ganas de aprender. Quizá porque hayan tenido bulla en casa el día anterior. O quizá porque no tengan luz para poder estudiar en el sótano donde viven. O porque en el cole no les hayan dado bien de comer. O porque se hayan dado ya por vencidos ante el caos externo.

Quién sabe. Uno se aferra a las fábulas de Esopo, o a los cuentecitos de Gloria Fuertes, y procede con paciencia (mucha paciencia) a dictarles una adivinanza:

Anda, corre, salta
- y no tiene pies -
va de mano en mano,
y no tiene manos...

"¿Anda es con hache?", pregunta uno de unos diez años, ante mi total incredulidad y desconcierto.

Y así avanza la clase de los martes por la tarde, sorteando escollos ortográficos (y caligráficos) por doquier, antes de poder echar una partida bien merecida en el ordenador.

Es difícil encontrar juguetes para los más mayores.

Al terminar uno se queda pensando sobre el sistema educativo y sobre las faltas de ortografía anteriores. El caos externo y una incongruencia lógica más: tenemos un sistema educativo que no educa.

No es que uno sea un hacha con esto de la ortografía (como muestra este blog, mismamente) pero es que en mis tiempos esto no pasaba. O quizá sí y uno no se daba cuenta. O quizá uno se esté haciendo viejo y añore tiempos que piensa mejores. Quién sabe. Son pensamientos en la caminata de vuelta, para bajar el colesterol, espero.

Lo cierto es que las clases de los martes sirven para que los chavales conozcan, más vale tarde que nunca, las reglas ortográficas elementales. Y para que de paso practiquen la caligrafía o el PowerPoint. Pero, además, también me sirven como un ejercicio de paciencia y comprensión para mí mismo. Y son una ocasión excelente para ejercitar tácticas de trabajo en grupo. Hay que intentar aprovechar toda ocasión para aprender.

Y esta creo que es la segunda lección aprendida tras este primer año: que uno puede enseñar y aprender al mismo tiempo. ¿No dijo alguien que enseñar es la mejor manera de aprender? Pues es verdad.

Los profesores

La tercera lección aprendida durante este primer año es que hay profesores muy buenos de los que aprendo mucho. El resto de los voluntarios son gente que tiene más experiencia que yo, que intento ir aprovechando en beneficio propio. Esto de la disciplina con los chavales se me da mal (por defectos profesionales yo tengo tendencia a aplicar disciplina militar, que aquí es contraproducente) y los consejos del resto de los profesores son una fuente ilimitada de sabiduría.

Es obligatorio que cada alumno se lea un libro en verano. Todas las donaciones se agradecen.

Fin de curso

Es junio ya, toca preparar la declaración de la Renta y pensar a dónde irán a parar esos euros, y si se usarán esos impuestos para enseñar ortografía básica a los niños durante el curso que viene o si, por el contrario, será necesario continuar el voluntariado para enseñar ortografía otra vez.

En junio, además de estos esfuerzos fiscales de dudosa utilidad práctica, recogemos algunos juguetes donados y almacenados generosamente en un supermercado cercano; y los seleccionamos e intentamos reparar los que no funcionen. Es sorprendente lo que se puede hacer con un destornillador, una llave de tuercas y unas pilas nuevas. Se hace una fiesta en el Centro y se disfruta viendo a los chavales con un balón nuevo, o con una muñeca, o lo que se tercie. Se les endiña también alguna lectura obligatoria para el verano.

En resumen

En resumen, este primer año ha sido beneficioso para los alumnos, que espero que hayan mejorado la ortografía y sus habilidades informáticas. Además ha sido un año beneficioso para mí. El voluntariado en Cáritas me sirve como un oasis de salvación ante el caos reinante. Uno aprende enseñando, y dispone de un equipo de profesores excelente que hace todo más fácil. ¿Qué más se puede pedir?

Es una actividad difícil, pero reconfortante. Altamente recomendable. Anímense. (Y no: enseñar a los chavales no es la única actividad que se puede hacer).

Y si no se animan entonces por lo menos donen esos juguetes y libros que tienen en el desván. Aunque no funcionen (porque también intentamos repararlos). Mi lumbago y yo les aseguramos que los juguetes van a donde tienen que ir.

Y hasta aquí el resumen. Ahora me voy a intentar encontrar un cargador de Nokia de punta fina, para ver si consigo devolver al aire a un helicóptero teledirigido que no tiene cargador. Quién sabe, si vuelve a volar quizá logre despertar la curiosidad por la electrónica en alguien, como me pasó a mí, hace tanto tiempo.